18/07/2012.
En la nada ocre del Sahel la canción del verano es la sinfonía del hambre, un orfeón de gargantas que llora al compás de melodías ya tarareadas hace décadas en otros rincones de África, pero que sigue de moda en 2012.
Burkina Faso, Mauritania, Mali, Níger o Chad hablan idiomas distintos, pero todos entienden este esperanto del hambre que traspasa fronteras.
Más de 300 niños en busca de algo para comer una mañana cualquiera, en un punto cualquiera del mapa, dan una idea de la magnitud del desastre. En miles de centros de este desierto de baobabs se repite la escena cada 24 horas, varios meses al año, año tras año. Sólo hay que multiplicar. En el Sahel morirán en 2012 casi el doble de niños que nacerán en España. Al sur de Níger, a pocos kilómetros de la frontera con Nigeria, se encuentra el lugar en el que, aseguran las agencias, se dará el pico de niños afectados por la gran crisis alimentaria que se extiende por estas tierras. Nada ha cambiado en la génesis de una hambruna, aunque sí en la manera de combatirla.
Desde Niamey surcan el desierto viejos camiones franceses con tos de locomotora antigua distribuyendo alimentos entre océanos de polvo naranja. En sus entrañas portan la esperanza de miles de almas que se desangran de hambre. Pequeños sobres que contienen lo que aquí se conoce como «la pasta de la vida». Raquel Suárez, responsable de los proyectos que Save the Children desarrolla en Níger, asegura que se trata de un alimento «con unas 500 calorías por sobre y enriquecido con minerales, vitaminas, carbohidratos, proteínas, ácido fólico y grasas monoinsaturadas». Para muchos cuerpos al límite no es que sea «la pasta de la vida», es que es sencillamente «la pasta o la vida».
La empresa fabricante, la francesa Nutriset, lo comercializó en 2005 después de medir y combinar todos sus ingredientes hasta dar con el porcentaje adecuado. La crisis nutricional de ese mismo año sirvió para probar sus efectos sobre el terreno. Y funcionó. El tratamiento salvó muchas vidas y consiguió llegar a mucha más gente.
Las grandes hambrunas de Biafra en los años 70, Somalia en el 92, Sudán en el 93 o Níger en los primeros años de este siglo se combatían ingresando a los niños más graves durante semanas en clínicas mientras que a los desnutridos más leves se les repartían galletas o leche enriquecida. Se formaban largas colas de hambrientos en los feeding centers o centros de alimentación a diario, lo que provocaba que una madre con un niño enfermo por malnutrición tuviera que recorrer largas distancias hasta ese punto, quedarse allí durante semanas hasta que el pequeño se recuperara y descuidar mientras tanto al resto de la familia, que quedaba atrás.
Ahora a las madres de los niños desnutridos se les reparten estos saquitos de cacahuete en los centros de nutrición y pueden volver a casa de forma inmediata para regresar al centro a los 15 días. Así, los enfermeros pueden monitorizar la mejora en la salud de los pequeños. «Según el peso del niño varía la cantidad de sobres que le dan a la madre. Como media suelen ser tres por día, de 14 a 21 por semana. En total, 150 envases por pequeño, una caja completa», dice Suárez mientras reparten un puñado de sobres a Aminata, una adolescente haussa que no puede alimentar a Bihara, su hijo de dos años, con un balón hinchado por estómago, afectado además por una infección y una diarrea.
En cuanto a los costes, cada cartón de Plumpy'Nut (150 sobres, la cantidad que necesitan los pequeños para recuperar su salud) vale 49,54 euros sin contar con el transporte, que lo encarece. Es decir, que cada sobre de esta pasta calórica (dulzona, ideal para el gusto infantil) cuesta 33 céntimos de euro.
«Se trata de un producto caro, pero muy efectivo y necesario, una auténtica revolución en el combate contra el hambre. En dos semanas la mejoría resulta evidente», dice Carmen Fernández, enfermera de la ONG que ahora trabaja con niños desnutridos en Mauritania: «Es un producto terapéutico que se usa con receta y está preparado para tomar». Es ligero, fácil de transportar y no necesita frío para su conservación. «Además no requiere ningún líquido para disolverlo como las leches terapéuticas de antaño, que al mezclarse con aguas contaminadas producían diarreas y era peor el remedio que la enfermedad».
Y así, toneladas de sobres de pasta de cacahuete atraviesan el desierto para llegar a las familias mauritanas que escarban desesperadas en los hormigueros en busca de los granos que los insectos escondieron. O a los cientos de personas que se arremolinan en las canteras de oro de Burkina Faso para escarbar, entre las escorias sobrantes, algo de polvo del preciado mineral para conseguir a cambio un puñado de arroz. O a los madres de Chad que ven cómo el chamán de la aldea no ha podido hacer nada para salvar la vida de su hijo con la medicina tradicional. Es sólo el hambre, arma de destrucción masiva que desayuna niños por la mañana y no entiende de rezos ni conjuros.
Este producto ya lo usan masivamente tanto las agencias de la ONU como las principales ONG que operan en estas zonas (Save the Children, Médicos Sin Fronteras o Acción Contra el Hambre), pero tiene también sus críticos. Varios colectivos denunciaron a Nutriset por no universalizar la patente.
El objetivo de estos grupos es que se produzca este alimento en otros puntos del planeta y que llegue así a más pacientes, pero de momento la empresa se niega.
Otros han demonizado a Nutriset por «hacerse ricos» en contextos de hambrunas salvajes como la del pasado año en el cuerno de África. Nutriset, para evitar estas críticas, ha abierto fábricas de Plumpy'Nut en Níger (donde se fabrica el que se reparte en el Sahel), Kenia y Malawi, que ya se hacen cargo de un alto porcentaje de la producción de esta pasta de cacahuete. Por último, también en el capítulo de reproches, la ausencia de control sobre los sobres que se dan a las madres: se han dado casos documentados en los que algunas mujeres han dejado de alimentar a alguno de sus hijos para conseguir el alimento y repartirlo entre todos los demás.
«Para evitar esta práctica citamos a la madre y al niño cada dos semanas. Así lo pesamos y lo medimos de nuevo para ver cómo responde al tratamiento. Nunca se le da la comida sin más», dice Raquel Suárez. «Además, es sólo un tratamiento para salvar vidas, pero no asegura la supervivencia de un niño a largo plazo. Si no se combina con una alimentación a largo plazo, el pequeño vuelve a caer en la desnutrición una y otra vez, lo que lastra su futuro tanto física como psicológicamente».
El problema, según admiten desde las ONG, es que faltan más de 700 millones de euros para mantener en marcha estos tratamientos. Y la crisis alimentaria no ha hecho más que empezar.
El reportaje completo fue publicado en la versión impresa del diario El Mundo. En Internet, también se puede leer a través de
OORBYT.es.