22/08/2012. Nuestra compañera Yolanda Román está estos meses en Senegal, liderando el trabajo de incidencia política en la emergencia alimentaria de Sahel. En el blog
3500 Millones del diario El País le han reservado un espacio para, a través de la crónica, transmitirnos las percepciones de la persona que trabaja respondiendo a una emergencia. La persona que percibe, observa y siente.
Un verano en Dakar
Por fin han empezado las esperadas lluvias, en Dakar y en toda la región. Los chaparrrones repentinos me producen una extraña mezcla de melancolía y genuina hilaridad. Me río y parece que lloro, lo que produce perplejidad entre los que me rodean, ignorantes ellos del revoltijo emocional que me habita y que, como pueden confirmar quienes mejor me conocen, es totalmente inofensivo y un mero reflejo de las paradojas y contradicciones que constato a mi alrededor.
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El generador de Sahel
Cuando se va la luz, se invoca al generador. Al principio, sin saber si tal cosa era la causa o la solución del problema, y si se trataba de un dios, una máquina o un fornido funcionario con excepcionales poderes, la palabra me producía verdadera fascinación. Y también un poco de miedo: el generador. Las primeras veces, impresiona sentir que hay algo o alguien tan poderoso, de quien dependemos para poder seguir con nuestras vidas y enviar nuestros emails.
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All my lobbing por la infancia de Sahel
Como el resto de los mortales, los lobbistas nos levantamos por la mañana con cara de sueño. Lo primero que yo hago, bostezos aparte, es encender el ordenador y repasar mi agenda del día. La suelo tener en la cabeza pero mezclada con listas de la compra, llamadas pendientes y estrafalarias ocurrencias, así que mejor comprobarlo. En mi agenda, desde hace once años, siempre hay muchas reuniones, en Dakar igual que en Madrid. Una reunión es para un lobbista como una operación para un cirujano: una cita profesional de primer orden en la que se ponen a prueba conocimientos y habilidades.
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Retrato del Sahel: mujer en blanco y negro
Casi todas las mañanas, al ir a la oficina me cruzo con una mujer que no es la de la foto pero podría serlo. Vive en una chabola enfrente de mi casa. Es normal en Dakar que modernos edificios de nueva construcción convivan en la misma calle sin asfaltar con pequeñas viviendas precarias, consistentes en tablones de madera e inestables láminas de chapa. Nunca nos hemos hablado y ni siquiera sé su nombre, pero todas las mañanas nos miramos, ella con curiosidad, yo con discreción. A mí me impresiona lo bellísima e impoluta que sale de su cubículo cada mañana, rodeada de niños. Admiro su porte, su piel de raso, sus hermosos senos, su ropa colorida e impecable. Me temo que ella, por su parte, solo piensa en mí como “esa pobre mujer, blanca, esmirriada y sola, sin hijos ni hombre que la quiera”. Para mí, ella es el paradigma de la mujer africana, para ella, yo debo de ser el prototipo de mujer europea. Estereotipos los dos, pero seguramente no tan alejados de la realidad.
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