Diario de un trabajador humanitario en el Día de la Ayuda Humanitaria

19 Agosto 2014

John Garang, oficial de protección infantil en el campo de Save the Children de Awerial.

Empecé a trabajar para Save the Children en 2007 como oficial en terreno en nuestra sede en Bor, antes de la independencia de Sudán del Sur y dos años después del alto el fuego. Sentía respeto por Save the Children porque vi cómo trabajaron en Sudán del Sur antes, durante y después del conflicto. Y eso me hizo querer trabajar con ellos. Pronto comencé a especializarme en la protección de la infancia, ayudando a encontrar a sus familias a aquellos niños que habían sido separados durante el conflicto, proporcionando lugares seguros para los que los niños pudieran aprender y jugar, y trabajando directamente con la comunidad.  Sobre todo lo que más me gusta es ayudar a los niños a que conozcan sus derechos.

Durante ese tiempo desarrollé un gran cariño a mi trabajo y continué trabajando sobre los derechos del niño en Awerial.  Creo que debemos elaborar nuestros programas basados en lo que quieren los niños y en nuestra propia experiencia. Es importante escuchar sus retos y qué esperan de nosotros."

En 2012 me mudé a nuestra base en Maban. Cuando estalló el conflicto en diciembre 2013 ayudé en la respuesta en Bor y luego viajé a Nimule para trabajar junto con el equipo de apoyo a los miles de personas que huyeron hacia la frontera con Uganda.  Siento que hicimos historia durante aquellos cuatro meses reuniendo a muchísimos niños con sus padres o familias.  Antes de que llegarámos nosotros era increíble ver el número de niños no acompañados que había. Fue impactante.

Ahora trabajo en el campamento en Awerial como oficial de protección de la infancia; más concretamente en nuestro Espacio Seguro para niños. En un día normal me despierto a las 7 y tomo un poco de té antes de nuestra reunión diaria de las 8. A las 9 ya estoy preparado para ir a los cuatro Espacios Seguros para niños que tenemos allí. Allí pueden aprender y
jugar. Durante el día voy de un centro a otro, comprobando con nuestros facilitadores que los niños estén seguros y bien. Mi día en el campamento normalmente acaba a las 5 de la tarde. Luego, suelo trabajar con mi ordenador hasta las 11 y después me acuesto en la tienda para dormir.

Es un día largo pero ésta es mi pasión. Y me viene de mi pasado. Yo fui uno de los 20.000 ‘niños perdidos’ que huimos a Etiopía durante el conflicto de 1986. Tenía 14 años cuando me encontré solo después del comienzo de los combates en mi ciudad. Pasé muchas noches durmiendo en el monte y muchos días acostado. De repente un sentimiento entró en mi corazón y pensé: “no debo morir sentado. Debo levantarme “. Así que lo hice.  Me obligué a empezar a caminar a pesar de que mi cuerpo se sentía agotado. Caminé hasta que todos mis sentidos comenzaron a desaparecer a excepción de ese pensamiento.

No debía sentarme; eso sería el final.  Un hombre pasó junto a mí pero luego se dio la vuelta. Yo no podía ni hablar en este momento. Sin casi darme cuenta, el hombre me cogió y me llevó. Creo que me debió de cargar durante dos días más o menos.  Cuando finalmente nos detuvimos, me dio agua y leche y al día siguiente ya podía hablar de nuevo. Podía sentir mis sentidos volviendo a mí. Al día siguiente llegué a un lugar donde había miles de chicos como yo, chicos que se habían perdido.

Continué con el grupo a Etiopía, y pesar de que estuve enfermo muchas veces, me las arreglé para sobrevivir. Me quedé hasta 1991, cuando tuve que huir  de nuevo cuando el gobierno etíope fue derrocado.  De Sudán a Uganda y viceversa, al final terminé en el campo de refugiados de Kakuma, en Kenia, al igual que muchos de los niños perdidos.  Fue allí donde comencé mi educación.  Allí labré mi futuro.  Terminé mi educación primaria a los 17 años y luego fui a la escuela secundaria. En el año 2000 me convertí en un maestro. Completé mi formación como docente y empecé a trabajar como educador en una organización que trabajaba con refugiados. En 2007 volví a mi país para buscar a mis padres.  Mis padres sabían que yo estaba vivo en Kakuma, pero no los había visto vuelto a ver  desde que salí huyendo del conflicto cuando tenía 14 años.  Les encontré en nuestra ciudad natal y fue una alegría volver a reunirme con ellos.  Habían huido a través del río y se habían escondido durante semanas en el monte, pero las habían arreglado para volver a casa cuando la lucha había acabado.  Decidí quedarme con mis padres en Bor y empezar a trabajar con Save the Children. Así que mi pasado fue el que me hizo unirme a Save the Children y el que me mantiene vivo todos los días. Cada vez que veo a un niño me gustaría llevarlo conmigo y ayudarle, como aquel hombre hizo conmigo. Yo no habría vuelto a levantarme si no hubiera sido por él.

Éste tenía que ser mi trabajo.