Ceuta - Migraciones

El partido más importante no se juega en 2030. 
se está jugando ya.

Estos días, el debate sobre el Mundial de Fútbol de 2030 ocupa titulares. Se habla de sedes, estadios, de acuerdos entre países y de dónde se disputará la gran final. España y Marruecos negocian el futuro de uno de los mayores eventos deportivos del mundo.  

Pero mientras la atención se centra en el partido que se jugará dentro de 4 años, hay otro que ya está en marcha. Uno que no puede esperar a 2030.  

Se está jugando ya. Y se juega en Ceuta.  

En las últimas semanas, miles de niños y niñas han llegado solos a la ciudad tras cruzar la frontera. Detrás de cada cifra hay una historia distinta, pero todas tienen algo en común: son niñas y niños que necesitan protección. Y hay otras historias que ni siquiera llegan a conocerse: las de quienes pierden la vida intentando cruzar la frontera, muertes que quedan fuera del foco y sobre las que no siempre es posible saber si entre las personas fallecidas había niños, niñas o adolescentes. Detrás de cada una de ellas hay también una historia que merece ser conocida.  

Es inevitable preguntarse qué dice de nuestras prioridades que dediquemos tanto espacio a discutir dónde se jugará una final y tan poco a cómo estamos respondiendo a quienes ya están aquí.  

Porque el verdadero desafío no es decidir quién albergará un partido dentro de 4 años. El verdadero desafío es garantizar que ningún niño o niña quede desprotegido.  

Cada niño, niña o adolescente que llega a Ceuta tiene derechos reconocidos por la legislación española y por la Convención sobre los Derechos del Niño. Derechos que no dependen de su nacionalidad, del lugar del que procedan o de la forma en que han llegado. El derecho a ser protegido, a ser escuchado y a que cualquier decisión que les afecte tenga en cuenta, por encima de todo, su interés superior.  

Cuando un sistema de protección se ve desbordado, la respuesta no puede ser rebajar las garantías. Al contrario, es precisamente en los momentos de mayor precisión cuando más importante resulta proteger esos derechos. Quienes trabajamos desde hace más de cien años en contextos de emergencia humanitaria, conflictos y desplazamientos forzados sabemos que gestionar situaciones de esta magnitud es difícil, pero también que la respuesta debe asegurar, en todo momento, la protección de cada niño, niña y adolescente.  

Eso significa contar con recursos suficientes para ofrecer una atención adecuada, identificar las necesidades específicas de cada niño o niña, garantizar procedimientos individualizados y evitar respuestas automáticas que no tengan en cuenta su situación particular. También implica reforzar la coordinación entre administraciones para que la protección de la infancia no dependa del territorio en el que se encuentren.

Las imágenes de un Mundial pueden dar la vuelta al mundo en cuestión de segundos. Pero las imágenes que hoy llegan desde Ceuta también deberían interpelarnos.

Porque detrás de cada niño y niña que espera una respuesta hay una decisión colectiva sobre el tipo de sociedad que queremos ser.

Hay partidos que definen un campeonato. Y hay otros que definen quiénes somos. El de la protección de la infancia ya ha empezado y no puede esperar.