Las pequeñas cosas que ayudan a
la infancia en la guerra
Los objetos que los niños y niñas de Líbano se llevaron al huir
Cuando el conflicto se intensificó en el sur de Líbano el pasado 2 de marzo, miles de familias tuvieron que abandonar sus hogares en cuestión de minutos. Entre ellas, más de 400.000 niños y niñas. Muchos huyeron sin ropa, sin libros, sin tiempo para recoger nada. Pero algunos lograron agarrar un objeto pequeño —un peluche, una muñeca, un cuaderno, unas cartas— que hoy se ha convertido en su mayor refugio emocional. Estos objetos, aparentemente simples, son fragmentos de hogar en medio del desplazamiento.
Más de un millón de personas siguen desplazadas en el país. Muchas viven en refugios colectivos, en habitaciones hacinadas, con baños insuficientes y sin espacios seguros para jugar. En este entorno, los niños describen sentirse “asfixiados”, sin rutina, sin escuela y con un miedo constante que afecta a su bienestar emocional, un aspecto clave en cualquier análisis sobre salud mental infantil en conflictos.
Historias que caben en una mano
Sarah, 6 años. Un oso rojo como ancla.
Sarah logró llevarse un oso rojo, regalo de su padre. Lo abraza con fuerza cada noche, como si ese peluche pudiera protegerla del ruido, del hacinamiento y de la incertidumbre. Echa de menos sus Teletubbies, su ropa, su habitación. Pero ese oso es ahora su hogar portátil.
Sama, 8 años. Juguetes que recuerdan la vida antes de la guerra.
Sama sostiene unos pequeños juguetes que le recuerdan su casa, su escuela, sus amigos. Habla con nostalgia de sus profesores y repite una frase que se escucha en todos los refugios: “Quiero volver a estudiar”. Su deseo no es extraordinario; es simplemente el derecho que la guerra le arrebató.
Farah, 10 años. Una muñeca como único vínculo con su pasado.

Farah solo pudo llevar una muñeca. La mira como si fuera una prueba de que su vida anterior existió. Sueña con volver a casa y encontrarla tal y como la dejó, aunque sabe que muchos regresan para descubrir ruinas.
Wael, 10 años. coches que mantienen viva su rutina.

Wael protege su colección de coches como si fueran tesoros. Los ha ido reuniendo desde los cinco años y jugar con ellos le permite, por unos minutos, olvidar el hacinamiento del refugio y la ausencia de escuela.
Naya, 6 años. colores para no olvidar la infancia.
Naya trajo un libro para colorear y unos lápices, regalo de su madre. En un espacio sin privacidad ni silencio, colorear es su forma de respirar. Dice que quiere volver a estudiar, ver a sus profesores y aprender “como antes”.
Nour, 8 años. Cartas UNO y un cuaderno para recordar su hogar.

Nour llegó con un libro de colorear, unas cartas UNO y algo de ropa. Son objetos sencillos, pero para ella representan seguridad. Vive en el refugio con su hermana Tala y su madre, que observa cómo sus hijas han cambiado desde que empezó la guerra.
Tala, 10 años. Un cuaderno y un balón para seguir siendo niña.

Tala no soltó su cuaderno ni su balón. Quiere volver a su pueblo, dormir en su cama y recuperar la rutina escolar. Su historia resume lo que miles de niños repiten cada día: “Quiero volver a estudiar y jugar”.
Leen, 10 años. Una Barbie que guarda un cumpleaños feliz.

Leen logró llevarse su Barbie, regalo de cumpleaños. La muñeca es ahora un recordatorio de una vida que parece muy lejana: su habitación, su pueblo, sus amigos.
El impacto invisible: miedo, insomnio y pérdida de apetito
Las madres describen cambios profundos en sus hijos: miedo a dormir solos, pérdida de apetito, dificultad para concentrarse, necesidad constante de compañía para ir al baño. Son señales claras del impacto psicológico del conflicto y de la urgencia de reforzar el apoyo psicosocial y la educación en emergencias.
Una madre lo resume así: “Mis hijos no dicen siempre cómo se sienten, pero lo veo. Mi hija duerme con una almohada sobre la cabeza para no escuchar los aviones”.
Un alto el fuego frágil y un futuro incierto
El “alto el fuego” del pasado 16 de abril permitió a algunas familias regresar temporalmente, pero muchas encontraron sus casas destruidas. Otras tuvieron que volver a los refugios por nuevos ataques y órdenes de evacuación. La infancia vive atrapada entre idas y venidas, sin estabilidad, sin escuela y sin un hogar al que regresar.
Lo que hacemos y lo que pedimos
Desde Save the Children distribuimos kits de higiene y alimentos, materiales educativos, apoyo psicosocial y actividades para que los niños recuperen, aunque sea por momentos, la sensación de normalidad. Pero la protección real solo llegará con un alto el fuego permanente, financiación flexible y un compromiso internacional firme para garantizar que los niños puedan volver a casa con seguridad y dignidad.
Estos pequeños objetos —un oso rojo, una Barbie, un cuaderno— nos recuerdan algo esencial: los niños y las niñas necesitan hogar, escuela y seguridad, no guerra.