Aumentan los casos de violencia de género entre adolescentes, ¿cómo es posible?

En plena segunda década del siglo XXI, mientras los valores de igualdad y no discriminación de sexos parecen estar aceptados, el resurgir entre los jóvenes de patrones y conductas machistas que se creían erradicadas preocupa cada vez más.

violencia género adolescentes 1

La adolescencia es un periodo fundamental en el desarrollo humano, vital en la conformación de la identidad y la personalidad; un periodo de actividad cerebral sólo comparable al de la primera infancia. Cualquier experiencia traumática o de violencia vivida en este periodo puede tener consecuencias en la conformación de modelos, roles y patrones en la vida adulta.
 
Por eso, el hecho de que la violencia de género entre adolescentes no pare de aumentar en nuestra sociedad es algo que no debemos pasar por alto. Los datos que reflejan esta paradoja provienen del estudio ‘Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud’ realizado en 2021.
 
En él se señala que uno de cada cinco chicos de entre 15 años y 29 años considera que la violencia de género no existe, que es «un invento ideológico». Sin embargo, al entrar en la definición de lo que es violencia de género, aunque había un gran rechazo hacia la violencia física y sexual, la violencia psicológica y de control solo era identificada como tal por un tercio de los adolescentes, y uno de cada tres jóvenes considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias «controlar los horarios de la pareja», «impedir a la pareja que vea a su familia o amistades», «no permitir que la pareja trabaje o estudie» o «decirle las cosas que puede o no puede hacer».

1 de cada 5 adolescentes considera que la violencia de género es ‘un invento ideológico’ o que no existe”

Empieza a ser urgente que las instituciones públicas no solo arrojen algo de luz sobre el asunto, dando a conocer los números, sino también que se estudien las causas de su naturaleza y sus mecanismos, así como de qué manera debemos abordarla para lograr su erradicación y garantizar, en la medida de lo posible, una transición sana y feliz de estos menores hacia la vida adulta.
 
El Ministerio Fiscal recoge en su Memoria 2020 que «las relaciones afectivas comienzan cada vez más precozmente sin convivencia y sin un proyecto en común, y su desarrollo online de corta duración pero gran intensidad, nos enfrentan a múltiples y variadas situaciones de dominio, control y maltrato psicológico y físico del varón sobre la mujer –alimentadas por los estereotipos e ideas sexistas que circulan por las redes–, que constituyen la esencia de la Violencia de Género, pero que difícilmente pueden incluirse en el concepto de relación afectiva que exige nuestro Código Penal».

Asimismo, todas las medidas, protocolos, estudios y acciones preventivas puestas en marcha desde la aprobación de la Ley Orgánica Violencia de Género, tienen como foco a las mujeres adultas y fallan a la hora de alcanzar a la población adolescente, que suele quedar enmarcada en la categoría de «juventud».

CUANDO TU CRUSH ES UNA PERSONA TÓXICA

La naturaleza y normalización de la violencia en el ámbito de la pareja dificulta que la víctima pueda identificarse como tal o escapar de la situación de violencia. Esto sucede, entre otras cosas, porque el agresor no suele ejercer violencia al principio de la relación, sino cuando hay lazos afectivos más estrechos, y suele comenzar de una forma sutil (psicológica, de control), que va escalando hasta acabar en la violencia física y, en los casos más graves, al feminicidio. Sin embargo, esta escalada no siempre es lineal.

En 1979 Leonor Walker describió el «ciclo de la violencia» dentro de las relaciones de pareja. Este ciclo estaría compuesto por tres etapas (acumulación de tensión, explosión de la violencia y «luna de miel»), que se sucederían de forma cíclica, dificultando a la víctima su identificación y convirtiendo al agresor en una especie de Dr. Jekyll/Mr. Hyde, que presenta distintas caras en distintos momentos de la relación.

Etapa de acumulación de tensión: pequeños conflictos durante la convivencia cotidiana generan hostilidad en el agresor, a lo que la víctima responde intentando calmarlo, modificando comportamientos para no irritarlo o minimizando la importancia de estos cambios de humor y enfados. Esta fase puede durar semanas o meses. 

Etapa de explosión de violencia o fase de agresión: es la fase más breve. El agresor está fuera de control y tiene deseo de hacer daño a la víctima, que suele sentirse asustada, atrapada, y puede reaccionar desde la sumisión a intentar devolver la agresión. En las relaciones adolescentes, esta violencia muchas veces no llega a traducirse en una agresión física (aunque sí sexual), lo que dificulta su identificación. 

Etapa de arrepentimiento o «luna de miel»: es la fase en la que tiene lugar la reconciliación. El agresor se muestra arrepentido y promete que no volverá a ocurrir, mientras que la víctima suele estar enfadada o dolida, pero puede minimizar la agresión o sentirse aliviada al ver el arrepentimiento de su pareja, lo que hace que le perdone y comience la fase tranquila e idealizada, que termina derivando en una nueva acumulación de tensión. Con el tiempo, esta fase suele ser cada vez más breve y los episodios de violencia más frecuentes.

A estas características propias de la violencia de género, se le suman elementos propios de las relaciones en esta franja de edad, que provocan que, para las adolescentes, identificar la situación y pedir ayuda sea muy difícil. En el caso de la adolescencia, debemos tener en cuenta, además:

- La intensidad de la primera relación amorosa. 
- «Ciclo de control» (control del móvil, control de las redes sociales, exigencias).
- Duración y entorno de las relaciones.
- El papel de las redes sociales. 
- Influencia de la pornografía. 
- Falta de autopercepción de las adolescentes como víctimas o agresores.

La violencia de género es un problema de salud pública con consecuencias tanto en el nivel colectivo (como, por ejemplo, los costes económicos), como en el individual tanto de víctimas como agresores. 

Las consecuencias de la violencia de género para las víctimas dependen del tipo de violencia y del tiempo durante el que haya sido ejercida.

• Consecuencias inmediatas: lesiones físicas, problemas gastro-intestinales o dolores de cabeza (somatizaciones), estrés.
• Consecuencias a largo plazo: trastornos inmunológicos, respiratorios, endocrinos, cardiovasculares o ginecológicos, muchos de ellos consecuencia del estrés continuado. Aumentan también las probabilidades de sufrir depresión y el consumo
de alcohol y drogas. Las consecuencias psicológicas pueden ser a corto o largo plazo, y pueden ser ansiedad generalizada, crisis de pánico, inquietud e insatisfacción constantes, sensación de fracaso y negatividad persistente, autoculpabilización e incluso impulsos suicidas.

Si los estudios sobre adolescentes víctimas de violencia de género son escasos, aquellos sobre agresores adolescentes, lo son aún más.“

Si los estudios sobre adolescentes víctimas de violencia de género son escasos, aquellos sobre agresores adolescentes, lo son aún más. Esto es problemático, ya que el abordaje de la violencia de género en adolescentes debería ser integral. Además, las intervenciones que necesitan los agresores adolescentes son distintas a las de los adultos, por el momento vital en el que se encuentran.

Cuando el maltrato es grave, es denunciado y acaba en un proceso penal, las consecuencias para el agresor pueden llegar a ser penales y, por tanto, incorporar el enfoque reeducativo. El problema es que, como se ha venido señalando a lo largo del informe, muchas de las conductas violentas no llegan a ser detectadas, son incluso normalizadas y no tienen consecuencias claras. Además, puede haber
adolescentes agresores que no hayan alcanzado la edad penal, lo que requiere de un acompañamiento al agresor menor de edad, aunque no se trate de una medida de reeducación. 

Es cuando las conductas violentas, normalizadas por la cultura patriarcal y por los modelos de masculinidad hegemónica, son identificadas y estos modelos vistos críticamente, cuando los adolescentes pueden empezar a cuestionar y remodelar su propia masculinidad, en un proceso complejo y, en muchas ocasiones, sin referentes. El trabajo ha de ser, por tanto, preventivo y desarrollarse desde edades tempranas.

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UNA OPORTUNIDAD PARA REVERTIR ESTA SITUACIÓN

Los tratados internacionales emplazan a España a cuestiones tan relevantes como la formación de agentes clave como jueces, fiscales o policía; la recopilación de datos desagregados sobre violencia doméstica y sexual; o el tratamiento específico a niñas solicitantes de asilo con necesidades específicas.
 
Por su parte, el Comité de los Derechos del Niño, en su última recomendación a España en 2018, enmarca en múltiples ocasiones las recomendaciones sobre la protección de los niños y las niñas contra la violencia, teniendo en cuenta especialmente «la dimensión de género» así como la necesidad de acabar con los estereotipos de género, por ejemplo, en el ámbito educativo.
 
Save the Children cree que la solución a este tipo de violencia pasa porque las instituciones y personas implicadas en la prevención y atención de esta violencia tengan en cuenta sus orígenes. Ya que la falta de información en el análisis de esta violencia dificulta el acceso a más datos sobre esta realidad.