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ADOLESCENTES TRAS UNA CATÁSTROFE
El accidente ferroviario de esta semana ha vuelto a evidenciar una realidad: cuando ocurre una tragedia, los niños, niñas y adolescentes también reciben información, escuchan conversaciones y tratan de comprender lo sucedido. Aunque no hayan estado directamente afectados, las imágenes, las conversaciones de las personas adultas o la información que circula en redes sociales y en medios de comunicación pueden generar miedo, angustia o preguntas. En el caso de los y las adolescentes, además, la exposición a través de redes sociales puede ser especialmente intensa, con acceso a vídeos, imágenes, testimonios o rumores difíciles de contextualizar.
Este 29 de octubre, además, se han cumplido dos años de la DANA que afectó a numerosos municipios valencianos y cambió la vida de miles de niños, niñas y adolescentes. La experiencia de Save the Children acompañando a la infancia afectada muestra que las emergencias no terminan cuando desaparecen de los titulares. Sus efectos emocionales pueden prolongarse en el tiempo y, en algunos casos, reactivarse ante nuevas noticias sobre accidentes o catástrofes. Por eso, la recuperación emocional también debe formar parte de la respuesta a una emergencia, no solo durante los primeros días, sino también a medio y largo plazo.
En esos momentos, madres, padres, docentes y cuidadores pueden desempeñar un papel clave para ayudar a niños, niñas y adolescentes a comprender lo ocurrido, expresar sus dudas y recuperar una sensación de seguridad y estabilidad.
Hablar con honestidad, pero adaptando la información
A menudo, las personas adultas intentan evitar el tema para proteger a la infancia. Sin embargo, cuando los niños, niñas y adolescentes perciben que ha sucedido algo importante, pero no reciben ninguna explicación, pueden sentirse más preocupados, buscar información por su cuenta o imaginar escenarios incluso más alarmantes que la realidad.
Por eso es recomendable:
- Escuchar primero qué saben o qué han oído.
- Responder a sus preguntas de manera sincera y sencilla.
- Adaptar la información a su edad y nivel de comprensión.
- Reconocer cuando no tenemos todas las respuestas.
- Evitar ofrecer detalles innecesarios o imágenes especialmente impactantes.
- Dar espacio para hablar, pero sin presionarles para que expresen lo que sienten si no quieren hacerlo en ese momento.
No es necesario ofrecer detalles que puedan resultar impactantes. Lo importante es proporcionar información clara.
Validar sus emociones
Frases como “no pasa nada”, “no tengas miedo” suelen decirse con intención de tranquilizar, pero pueden hacer que niños, niñas y adolescentes sientan que sus emociones no son adecuadas o que no deberían expresarlas.
Es más útil reconocer y validar lo que sienten: “Entiendo que esto te preocupe”, “Es comprensible que te sientas triste después de escuchar algo así” o “A muchas personas les impresionan este tipo de noticias”.

Poner nombre a las emociones y contar con una persona adulta disponible para escucharlas puede ayudar a gestionarlas y reducir la sensación de estar solos ante ellas.
Limitar la sobreexposición a las noticias
Las imágenes repetidas de accidentes, inundaciones, incendios u otras catástrofes pueden aumentar la ansiedad, el miedo, la preocupación o la sensación de amenaza, especialmente cuando se reproducen una y otra vez.
Cuando la cobertura mediática es intensa, conviene evitar tener la televisión encendida de forma permanente, intentar supervisar los contenidos que consumen en redes sociales. Además, es importante acompañarlos cuando accedan a información sobre lo sucedido, ayudarles a diferenciar información fiable de rumores o contenidos descontextualizados y resolver las dudas que puedan surgir después.
Las rutinas también protegen
Cuando ocurre algo grave, muchas personas adultas buscan las palabras adecuadas para explicarlo. Pero, además de las conversaciones, hay otro elemento que ayuda a los niños y niñas a sentirse mejor: recuperar progresivamente la estabilidad de su vida cotidiana.
Ir al colegio, jugar, compartir tiempo con amigos y amigas o mantener las rutinas habituales les transmite que, aunque haya sucedido algo preocupante, su entorno sigue siendo un lugar seguro. Siempre que las circunstancias lo permitan, recuperar esos espacios cotidianos forma parte también del proceso de bienestar y recuperación emocional.
Escuchar puede marcar la diferencia
Ante una catástrofe, muchas personas adultas sienten la presión de encontrar las palabras adecuadas. Sin embargo, no siempre es necesario tener todas las respuestas.
A menudo, lo que más necesitan los niños y niñas es saber que pueden hacer preguntas, expresar lo que sienten y contar con una persona adulta que los escuche con honestidad y cercanía.
Es importante respetar sus tiempos. No todos necesitan hablar inmediatamente sobre lo sucedido y no debemos presionarles para que expresen emociones o relaten experiencias si no desean hacerlo. Estar disponibles cuando necesiten hablar puede ser, por sí mismo, una forma importante de acompañamiento.
¿Y si el malestar no desaparece?
Después de vivir una catástrofe o recibir información sobre un acontecimiento especialmente impactante, pueden aparecer diferentes reacciones emocionales y cambios temporales en el comportamiento. Sentir miedo, tristeza, estar más irritable, enfado o preocupación, mostrarse más nerviosos, tener dificultades para dormir, hacer más preguntas de lo habitual o necesitar mayor cercanía con las personas de referencia no significa necesariamente que exista un problema de salud mental. Muchas de estas reacciones forman parte de una respuesta esperable ante una situación extraordinaria y suelen disminuir progresivamente cuando niños, niñas y adolescentes cuentan con seguridad, apoyo y acompañamiento.
Después de una catástrofe o de una noticia especialmente impactante, es normal que algunos niños y niñas se muestren más nerviosos, estén más irritables, tengan dificultades para dormir, hagan más preguntas de lo habitual o necesiten sentirse cerca de sus personas de referencia. Estas reacciones suelen disminuir progresivamente cuando cuentan con apoyo, seguridad y estabilidad
Sin embargo, conviene prestar especial atención cuando el malestar es muy intenso, se mantiene en el tiempo, empeora o interfiere significativamente en su vida cotidiana: por ejemplo, si les impide dormir, ir al colegio, relacionarse con otras personas o realizar actividades que antes disfrutaban.
En estas situaciones puede ser recomendable buscar apoyo especializado. No es necesario esperar varias semanas si aparecen señales especialmente preocupantes o existe riesgo para su seguridad o bienestar.
Esto es especialmente importante en niños, niñas y adolescentes que han vivido directamente una emergencia, han sufrido pérdidas significativas o han atravesado experiencias similares en el pasado.
Las personas adultas también necesitan cuidarse
Niños, niñas y adolescentes observan cómo reaccionan las personas adultas de su entorno para interpretar lo que está ocurriendo. No se trata de ocultar las propias emociones, sino de intentar transmitir calma, seguridad y disponibilidad.
Después de una catástrofe, madres, padres y otras personas cuidadoras también pueden sentirse asustadas, desbordadas o afectadas por lo sucedido. Contar con apoyo, descansar en la medida de lo posible y pedir ayuda cuando sea necesario también contribuye a que puedan acompañar mejor a niños, niñas y adolescentes.
Después de una emergencia, proteger a la infancia también significa acompañar su recuperación emocional. Escuchar, ofrecer información adecuada, mantener vínculos seguros y recuperar progresivamente las rutinas puede ayudar a niños, niñas y adolescentes a integrar lo sucedido y volver a sentirse seguros en su día a día.