Venezuela
Protegemos a la infancia
cuando todo se ha derrumbado
Los terremotos que han sacudido Venezuela han dejado más de 2.950 personas fallecidas, más de 16.590 heridas y cerca de 16.300 personas sin hogar. A esto se suman casi un millar de réplicas que mantienen a las familias en un estado de alerta constante. Cuando la tierra dejó de temblar, comenzó otro desafío: ayudar a miles de niños y niñas a recuperar un mínimo de seguridad.
Muchas han perdido todo. Algunas lograron salir únicamente con la ropa que llevaban puesta. Otras pudieron regresar después para recuperar algunas pertenencias. En los campamentos improvisados es frecuente ver a niños y niñas acompañados de sus mascotas, que se han convertido en un pequeño refugio emocional en medio de la incertidumbre.

La dramática situación de la infancia
Desde el primer momento, nuestros equipos y las organizaciones locales con las que trabajamos comenzaron a evaluar las necesidades más urgentes y a organizar la respuesta. La prioridad ha sido proteger a la infancia y apoyar a las familias desplazadas, que hoy sobreviven en tiendas improvisadas instaladas en calles, parques o junto a viviendas gravemente dañadas.
Las condiciones son especialmente difíciles porque el país atraviesa la temporada de lluvias. Muchas familias duermen sobre colchones mojados que no consiguen secar durante días. La humedad, el hacinamiento y la falta de refugios adecuados están provocando un aumento de las infecciones respiratorias, especialmente entre los niños y niñas más pequeños.
Pero el impacto del terremoto no es solo físico. Muchos niños y niñas siguen viviendo con miedo. Algunos cuentan que sienten angustia cada vez que perciben una grieta en el suelo o escuchan un ruido fuerte, temiendo que la tierra vuelva a abrirse bajo sus pies. Nuestros equipos también observan señales de ansiedad, estrés e irritabilidad en muchos menores que, además, llevan días sin poder asistir a la escuela ni recuperar una rutina.
Nuestra respuesta a la emergencia
Gracias al apoyo que recibimos, hemos podido actuar con rapidez. Junto a otras organizaciones locales estamos desarrollando actividades de apoyo psicosocial y espacios seguros donde los niños y niñas pueden jugar, relacionarse y empezar a recuperar la sensación de normalidad. También hemos puesto en marcha equipos móviles de atención sanitaria y estamos distribuyendo artículos esenciales, como kits de higiene, entre las familias desplazadas.
Incluso en los campamentos improvisados, la infancia encuentra momentos para aliviar su sufrimiento. Muchos niños y niñas siguen reuniéndose para hablar de fútbol y seguir los partidos del Mundial. Son instantes breves, pero importantes, que demuestran que jugar, compartir y sentirse protegidos también forman parte de la ayuda humanitaria.
La emergencia continúa y las necesidades siguen creciendo. Mientras las familias intentan reconstruir sus vidas, en Save the Children seguiremos acompañándolas para que ningún niño o niña afronte esta crisis en soledad. Porque proteger la infancia también significa estar presentes desde el primer día y permanecer el tiempo que sea necesario, lo que hacemos siempre en emergencias tan duras como esta.