Ojos que no quieren ver

Los abusos sexuales a niños y niñas en España

20 Septiembre 2017

El 6 de julio de 2016 las portadas de los periódicos y los primeros minutos de los informativos de televisión se dedicaron a un mismo tema: una niña de nueve años había escondido una grabadora en uno de sus calcetines para demostrar que su padre abusaba sexualmente de ella. La niña, a la que los medios de comunicación bautizaron como María, llevaba dos años alegando que su padre la tocaba y repitiendo contundentemente que no quería verle.

El Juzgado de lo Penal había instruido con anterioridad el caso y había declarado su sobreseimiento al considerar que no había pruebas suficientes. Desde entonces, y hasta el momento de la grabación, los llantos y quejas de María cada vez que tenía que ver al padre habían hecho que la policía tuviera que personarse para asegurarse de que la niña se metía en el coche de sus abuelos paternos y se cumplía el régimen de visitas. La madre, que había denunciado los abusos, tenía prohibido acercarse al colegio el día de la entrega.

Ese 6 de julio de 2016 los medios de comunicación y la opinión pública se preguntaban lo mismo: ¿Cómo había sido posible? ¿Qué había fallado para que con apenas nueve años una niña se viera obligada a pasar por esa situación?

Los distintos estudios llevados a cabo arrojan datos similares: entre un 10 y un 20% de la población en España ha sufrido algún tipo de abusos sexuales durante su infancia. Ante esta incuestionable estadística las preguntas más comunes no son: “¿Cómo es posible? o ¿Qué ha fallado?”, sino: “¿Esa cifra es correcta? ¿No es un poco exagerada?”. Y es que la causa final que está detrás de la grabadora de María y que permite que algunos abusadores campen a sus anchas en colegios o centros deportivos durante años es que, simplemente, nadie quiere creer.

Por eso en Save the Children hemos publicado el informe "Ojos que no quieren ver", en el que tratamos de contestar cómo son posibles los fallos en los que pueden incurrir las Administraciones Públicas cuando se produce un caso de abusos sexuales a un niño, niña o adolescente.

¿Qué son los abusos sexuales?

El abuso sexual es una manipulación de niños, niñas y adolescentes, sus sentimientos, debilidades o necesidades, basada en una desigualdad de poder. Tiene como objeto una parte íntima y altamente sensible de las personas, su sexualidad, en un momento en el que está en desarrollo y en el que aún no se tienen las capacidades necesarias para entender las implicaciones de lo que está pasando. El abuso sexual se entiende como “la participación de niños, niñas o adolescentes, dependientes e inmaduros, en actividades sexuales que no están en condiciones de comprender, que son impropias para su edad y su desarrollo psicosexual, para las que son incapaces de dar su consentimiento y que transgreden los tabús y las reglas familiares y sociales”.

Si no hay fuerza de por medio, la clave que hace que un niño o una niña no se resista o no grite, o que, incluso, colabore o participe activamente, es la desigualdad de poder existente entre ese menor de edad y el perpetrador, alguien con mayores habilidades para manipular la situación, con más conocimiento sobre lo que está pasando o del que, incluso, el menor de edad puede depender ya sea emocionalmente (como por ejemplo un familiar) o para lograr algo que necesita o quiere (atención y aprobación, regalos, el aprobado de un profesor…). De ahí que en la mayoría de los casos el abusador sea alguien conocido. Las estrategias del abusador van desde la sorpresa y el engaño hasta la amenaza o el chantaje.

El abuso sexual a niños, niñas y adolescentes es un suceso traumático cuya vivencia se elabora desde la individualidad del niño o la niña. Esto lleva a que tanto los síntomas que lo delatan como las consecuencias a corto y largo plazo puedan variar enormemente entre una víctima y otra. Las consecuencias son variables en cada niño y niña. No obstante, entre 6 y 8 víctimas de cada 10 se ven afectados a corto plazo en distinto grado, y en un porcentaje nada desdeñable de casos los efectos son tan intensos que llegan a provocar síntomas clínicos relevantes.

¿Cuáles son los fallos más comunes que se producen?

Siempre debemos intentar prevenir los abusos sexuales. Cuando proponemos esto no estamos hablando del mundo ideal, sino de un mundo en el que los niños y las niñas han recibido educación sexual en las escuelas y donde las personas que rodean el entorno de los niños y las niñas tampoco tienen una preparación o conocimientos sobre parentalidad positiva. 

El problema no solo está en la prevención ya que tampoco hay protocolos de detección adecuados y el abuso sexual se alarga en el tiempo. De media un niño puede sufrir 4 años de abusos.

Cuando un niño o niña sufre un abuso sexual es importante denunciarlo, no hay que ocultarlo. Sin embargo, solo un 15% de los colegios en los que el niño ha contado que ha sido víctima de un abuso sexual, lo han comunicado a las autoridades.

El proceso judicial suele ser también un proceso doloroso para los niños y las niñas ya que obliga repetir demasiadas veces la declaración del niño, acaba revictimizándolo y contamina en ocasiones el testimonio haciendo que pueda perder validez legal. El proceso que debe seguir un niño o niña no debería nunca ser el mismo que el del adulto, debería ser llevado a cabo por personal especializado, en ambientes adecuados y, sobre todo, acortándolo en el tiempo lo máximo posible dando así la oportunidad de recuperarse y seguir adelante con su vida en una etapa muy importante de su vida.

Las principales soluciones

La prevención puede reducir la posibilidad de sufrir abusos a la mitad. Por eso reclamamos formación, formación y más formación.

En países donde tienen extendidos programas de prevención del abuso sexual a través de la formación de niños y niñas, se ha demostrado que las probabilidades de sufrir abusos llegan a reducirse hasta la mitad. Los programas exitosos son aquellos que no se limitan a actividades puntuales, si no que se integran en los curriculum académicos, dedicándoles tiempo, materiales estandarizados adaptados a la edad e impartidos por personal formado. Integrar la educación sexual y afectiva desde edades tempranas en la formación reglada reduciría el abuso e impactaría en adolescentes mejor preparados para establecer relaciones basadas en el respecto.

Por otro lado, aquellas personas que abusan de niños y niñas se acercan antes a menores más pasivos, con menos autoestima o que se sienten solos. Dar a padres y madres herramientas de parentalidad positiva permitiría hacer a los niños y niñas, dotándoles de más confianza en si mismos, menos vulnerables a la manipulación presente en el abuso sexual.

Los profesionales que trabajan cerca de niños y niñas deben saber identificar a los menores de edad que son potenciales víctimas de abuso y evitar así que esta situación se alargue en el tiempo. Es importante que cuando los niños o niñas cuenten qué les ha pasado se les crea, y que las revelaciones indirectas sean entendidas. Tras revisar los curriculum académicos de magisterio, del master de profesor de secundaria o el curso para acceder a las funciones de dirección, constatamos que no hay ninguna mención al abuso sexual, la violencia contra la infancia o la protección de niños y niñas.

También se necesitan protocolos internos en los colegios. Tan sólo un 15% de los colegios en los que el niño o niña había revelado los abusos, lo notificaron a las autoridades. Es esencial que maestros y profesores sepan cómo actuar y contar con documentos que den confianza al centro y a la comunidad educativa, y ayuden a prevenir, detectar y manejar los posibles casos. A nivel institucional hay que crear protocolos de coordinación intersectorial.

Tan sólo en un 13% de las sentencias analizadas se aceptó el testimonio grabado del niño. El testimonio de un niño o una niña es la única prueba, en la mayoría de los casos, de que un abuso sexual ha tenido lugar. Si entre que pase el abuso y la declaración pasa mucho tiempo, el testimonio pierde valor. Si al niño o niña se le ha hecho contar muchas veces su experiencia, la declaración pierde naturalidad, se empiezan a introducir elementos no propios del discurso original (reacciones que piensa el niño que esperan los adultos, frases que ha oído de otros…) y se hace menos creíble, independientemente de que el abuso haya tenido lugar. Para “cuidar el testimonio” se debería, garantizando los derechos del acusado, grabar la declaración lo antes posible, en una entrevista liderada por un psicólogo forense que trasmita las preguntas de fiscal, juez y abogado defensor. Es lo que se llama prueba preconstituida; y, allí donde se hace mejor, es ese mismo psicólogo forense el que, en base a esta declaración, valora la credibilidad del testimonio.

Una ley orgánica para la erradicación de la violencia contra la infancia

En Save the Children llevamos mucho tiempo pidiendo una Ley Orgánica que proteja a los niños y niñas de todos los tipos de violencia, incluidos los abusos sexuales. Una ley de esta naturaleza sería la manifestación máxima de un compromiso público por la protección de niños y niñas; permitiría a trabajadores públicos y Administración contar con las herramientas necesarias para avanzar hacia una sociedad donde la violencia contra la infancia no sea tolerada. 

 

Descargar el informe en PDF "Ojos que no quieren ver"

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