Newborn Sara, 4 days old sleeping in her mother Asma's arms at mobile clinic, Sudan

El sector privado,
un elemento fundamental de la respuesta humanitaria

En 2026, más de 200 millones de niños y niñas, o 1 de cada 10, necesitarán asistencia humanitaria. Los conflictos, el incremento de la desigualdad, el cambio climático y la disminución de los fondos de ayuda internacionales continúa amenazando sus vidas y su futuro; en un momento en qué 473 millones viven en zonas de conflicto, 4,9 millones menores de cinco años que mueren cada año por causas evitables o 251 millones no pueden ir a la escuela. Además, se espera que los nacidos en 2020 experimenten niveles sin precedentes de fenómenos climáticos extremos a lo largo de sus vidas.  

Las crisis, los brotes de enfermedades, el hambre y los desplazamientos siguen devastando vidas, mientras que la reducción de los presupuestos de ayuda y la politización del acceso humanitario agravan las desigualdades.  

Este año será decisivo para los niños y las niñas que, pesar de los enormes desafíos,  muestran una y otra vez una resiliencia extraordinaria. Por eso, Save the Children se ha marcado como objetivo ayudar a 10,1 millones de niños y niñas y 7,7 millones de adultos en situaciones de emergencia en 45 países, con el apoyo de una red global que incluye a más de 20.000 empleados y más de 2.100 socios locales y nacionales que trabajan unidos para dar apoyo en situaciones de emergencia y prepararse ante futuras crisis.

«Solo quiero que vuelva la paz»  

Chancel* tiene 9 años. En 2024 tuvo huir de su hogar y trasladarse a otra provincia de la República Democrática del Congo. Quiere que vuelva la paz a su país, para que la gente pueda regresar a sus hogares de forma segura y vivir sin violencia.  

Las poblaciones en crisis necesitan desesperadamente la intervención del sector privado

En 2025, el sistema humanitario mundial se vio obligado a afrontar una cruda realidad: se estaba quedando sin dinero. Las principales instituciones donantes de Europa y Norteamérica recortaron drásticamente los presupuestos de ayuda y desviaron los fondos hacia prioridades nacionales y gastos de seguridad. Las ONG, como Save the Children, se vieron obligadas a suspender sus programas justo cuando los conflictos, los desplazamientos y los desastres climáticos elevaban las necesidades a niveles históricos.  

Con una caída inmediata del 25% en los ingresos, nuestro personal en todo el mundo tuvo que dar a los niños de nuestras escuelas, clínicas y programas de protección infantil la desgarradora noticia de que no podríamos continuar. Con un gran esfuerzo y poniendo en riesgo nuestra propia solvencia, pudimos mantener en funcionamiento, a duras penas, los programas más urgentes para salvar vidas.  

Llevamos mucho tiempo hablando del papel del sector privado en la respuesta humanitaria, pero ahora, tras un 2025 muy duro, el papel de las empresas ya no es opcional, sino esencial. Sabemos que si queremos llegar a las personas de forma más rápida y eficaz, necesitamos al sector privado no como un socio secundario, sino como parte fundamental de la solución.

Las empresas ya influyen en los resultados humanitarios a través de las cadenas de suministro, la logística, los sistemas de datos, las infraestructuras energéticas, las redes de comunicaciones y los mercados de los que depende la población para obtener productos básicos. Las compañías tecnológicas, impulsadas por la inteligencia artificial, están teniendo un enorme impacto en la vida de las personas y en su acceso a la educación, el entretenimiento, la identidad, la seguridad, nuestra política y, cada vez más, la estabilidad mundial.  

Pero las empresas aportan mucho más que recursos o dinero, ya que nos proporcionan diferentes formas de pensar en un momento en que un mundo cada vez más inestable supone una amenaza para todos nuestros mandatos y ambiciones. Aportan innovación, eficiencia y voluntad de desafiar los sistemas obsoletos. En Save the Children, tenemos una larga trayectoria de colaboración público-privada y hemos aprendido que esos aportes, combinados con la experiencia, la legitimidad, la confianza local y los principios de los actores humanitarios pueden generar unos resultados extraordinarios.  

Alma

Alma*, de 18 meses, nació en Gaza durante la guerra y sufrió desnutrición aguda grave (DAG) en dos ocasiones debido a la escasez de alimentos. Las condiciones de vida insalubres en la tienda de campaña y los múltiples desplazamientos forzados la han hecho más propensa a sufrir diversas infecciones, como erupciones cutáneas y fiebre. Alma* recibe tratamiento para su DAG y su afección cutánea en la clínica de Save the Children, donde le proporcionan medicamentos y sobres de pasta de cacahuete. El resto de la familia también acude a la clínica para recibir tratamiento. Su madre, Camillia*, recibió un kit y pastillas de cloro en la clínica para mujeres, donde asiste a sesiones de concienciación sobre salud e higiene dos veces por semana. La hermana mayor de Alma*, de 14 años, acude a los servicios de protección infantil, que incluyen apoyo psicosocial y de salud mental.

Aunque la responsabilidad corporativa existe desde hace décadas, lo que distingue al momento actual es la escala sin precedentes y la integración de las capacidades del sector privado en las operaciones humanitarias básicas, junto con nuevos instrumentos financieros —financiación combinada, inversión de impacto, seguros paramétricos— que van más allá de las donaciones benéficas tradicionales. Estos enfoques ofrecen innovaciones tanto de capital como operativas que antes no se utilizaban ampliamente en entornos humanitarios.  

Nuestra propia iniciativa Save the Children Global Ventures combina la experiencia en inversiones con los más de 100 años de experiencia de nuestra organización para generar impacto en entornos difíciles. Invertimos en empresas sociales y tecnologías que tienen como objetivo ampliar las soluciones para la infancia al tiempo que su sostenibilidad financiera.

Por lo tanto, la cuestión no es si el sector privado tiene cabida en la labor humanitaria, sino cómo gestionamos esa relación diseñando alianzas que sean transparentes, responsables y basadas en principios humanitarios, de modo que la lógica del mercado refuerce nuestra misión en lugar de distorsionarla. Los mercados resilientes y las comunidades resilientes dependen unos de otros.  

En un mundo en el que la ayuda tradicional se está reduciendo y las necesidades están aumentando exponencialmente, la participación del sector privado ya no es algo prescindible. Es la única forma de mantener vivo el sistema humanitario y apoyar a los niños y las niñas que más lo necesitan.